Los Doce son enviados en misión

Comentario al Evangelio – Domingo XV del Tiempo Ordinario (Domingo 12 de julio de 2009) Corresponde al Evangelio de Marcos 6, 7-13.
Escribe Mons. Joao Scognamiglio Cla Dias, EP

A Cada Época Dios le da los Remedios Más Adecuados
El mundo moderno no tiene menos necesidad de evangelización que el antiguo, pero a veces podemos sentirnos en desventaja con respecto a la época pasada si observamos el avasallador progreso del mal y la falta de obreros para anunciar la Buena Nueva. ¿Dónde están los nuevos apóstoles capaces de hacer milagros, como los de antaño, de expulsar a los espíritus inmundos y predicar la penitencia?
Dios siempre da los remedios más adecuados a los males de cada época. Cuando Jesús convocó a los Doce, el bien de las almas hacía más conveniente que realizaran milagros portentosos a fin de probar la veracidad de la doctrina admirable que anunciaban.
¿Y hoy? ¿Qué milagros admirables debe realizar quien se dedique al apostolado, para mover las almas a la conversión? Tal vez los milagros no produzcan en nuestra época -tan secularizada- el mismo efecto que en tiempos apostólicos. El “milagro” que deben hacer los auténticos evangelizadores consiste en anunciar a Jesucristo mediante el testimonio de una vida santa, esto es, practicando la virtud, aspirando a la santidad y despreciando las solicitaciones e ilusorios encantos del mundo. He ahí el milagro que sí será capaz de asombrar a nuestro mundo secularizado, pues la práctica estable de los Diez Mandamientos no está al alcance de las meras fuerzas naturales de la voluntad humana, como nos lo enseña el Magisterio Eclesiástico; es preciso que la gracia santificante divinice al hombre y lo haga actuar y vivir en busca de la perfección.
He ahí el portentoso milagro que podrá derribar la incredulidad e indeferentismo de nuestros coetáneos, como tantas veces nos recordaron los últimos Papas, y ya lo enseñaba el Concilio Vaticano II refiriéndose al apostolado laical: “Los laicos se hacen valiosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos (Hebr., 11, 1), se asocian, sin desmayo , a la vida de fe. Esta evangelización, es decir, el mensaje de Cristo pregonado con el testimonio de la vida y de la palabra, adquiere una nota específica y una peculiar eficacia por el hecho de que se realiza dentro de las comunidades condiciones de la vida en el mundo”.
Sigamos las sabias recomendaciones del Concilio Vaticano II, erigiéndonos en genuinos heraldos de la Buena Nueva, así como los evangelizadores de los primeros tiempos de la Iglesia, sobre todo con el “pregón” de una vida irreprochable y santa, según los preceptos admirables del Evangelio. Sólo así la Nueva Evangelización podrá vencer la oleada de secularismo que invade la sociedad moderna.
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